
Correspondencia (1951-1955)
(Artículos de Emir Rodríguez Monegal, Carlos Real de Azúa y David Viñas)
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Nota preliminar
I
Las cartas intercambiadas entre Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994) y Mario Benedetti (Paso de los Toros, 1920), estaban en poder del último. En noviembre de 1998 Benedetti nos las entregó a fin de que fueran depositadas en el Programa de Documentación en Literaturas Uruguaya y Latinoamericana (PRODLUL), de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, donde se conservan. Durante todos estos años, dos precauciones tomó el ahora célebre autor de Poemas de la oficina: 1) preservar en excelente estado los originales que le remitiera Onetti, desde Buenos Aires a Montevideo; 2) guardar una copia en carbónico de sus propias cartas.
Esta ida y vuelta del canje epistolar no sólo completa el diálogo entre dos escritores fundamentales en un período clave para la literatura rioplatense, sino que asigna a estas piezas un inestimable y raro valor. Primero, porque no es fácil encontrar el circuito de comunicación entero; segundo, porque hasta ahora casi no se han dado a conocer textos de este tipo, de uno u otro. Aún más, a seis años de la muerte de Onetti, no se ha recogido en volumen nada de su correspondencia. Tercero, estas cartas no poseen espesor confesional, en ellas sólo se discute sobre literatura o sobre la vida literaria; por último, la cuidadosa calidad de su escritura expresa una firme conciencia compositiva, la manifestación del placer por el texto más allá de la perentoria comunicación de un mensaje.
La tarea de reconstrucción de ese diálogo se vio facilitada en la medida en que todas las cartas fueron mecanografiadas con prolijidad, a un espacio, sin tachaduras ni borrón alguno. Sólo la firma de los respectivos corresponsales es manuscrita, la cual no existe en las copias guardadas durante tanto tiempo por Benedetti, puesto que sólo rubricó el original remitido a la otra orilla. El lector encontrará en las sesenta notas al pie una serie de aclaraciones, desde la simple descripción del documento hasta la explicación de algunos mensajes algo cifrados y que se desentrañaron luego de revisar las marcas contextuales. Salvo las cartas 2, 7 y 9 -las tres de Mario Benedetti-, las demás carecen de fecha exacta. Faltos de los sobres en que viajaron -y de su correspondiente matasellos- no puede determinarse con exactitud el día y el mes en que se despacharon. Pese a esto, en todos los casos se pudo ubicar con mínimo margen de error el año y hasta el mes en que fueron escritas cada una de las cinco epístolas sin data. Una elocuente ironía disparada por Onetti circula en varias comunicaciones: un día la escritura privada se hará pública, se escribe hoy no tanto para decir algo al interlocutor sino para la "gloria". Se escribe para que en el futuro "los cuervos del Instituto de Investigaciones" escudriñen, cubran de bronce, tergiversen las rectas intenciones del creador, según bromea Onetti a principios de 1952 (Carta 4). Con el mismo espíritu lúdico y con no menos ironía, dirá poco después: "No le escribo a usted, sino a la Patria. (Calcule, de aquí a cien años, a los diez de mi muerte, el brillo o punta que pueden sacarle a la frasecita ésa los muchachos del Instituto" (Carta 6). Pudo haber sido más optimista en sus cálculos, porque menos de medio siglo después, y a un lustro y poco de su muerte, se procura sacar alguna "punta" a las frases, socarronas (y no tanto), de este Onetti que, en el fondo, reclamaba perdurar y ser reapropiado como escritor uruguayo.
Para completar el cuadro se incluyen aquí tres artículos que en aquellos años rodearon el diálogo entre los dos escritores: una entusiasta reseña de Los adioses, por Emir Rodríguez Monegal, publicada en Número; otra menos conocida (y más vitriólica) del argentino David Viñas, aparecida en Contorno, de Buenos Aires y, por último, una breve y equilibrada nota de Carlos Real de Azúa sobre el volumen Esta mañana, divulgada en Escritura. La primera está mencionada expresamente en la última carta de Benedetti; las demás se omitieron en la correspondencia, aunque por cierto no fueron ignoradas por los respectivos autores.
II
La cartas van de una orilla a otra del Plata a lo largo de cuatro años exactos: entre la primera mitad de 1951 y el 18 de abril de 1955. Cuando Onetti mandó de Buenos Aires a la capital uruguaya la primera de sus notas, hacía una década que se encontraba radicado en Argentina. Cuando recibió la última que le enviara Benedetti desde Montevideo, faltaba muy pocos meses para que regresara al país de origen. Por eso el epistolario se interrumpe, ya que a partir de mediados del 55 la convivencia en la misma ciudad permite comunicarse en forma más inmediata y directa, si es que eso se llevó a la práctica.
Por entonces, Carlos Maggi y Manuel Flores Mora presentaron a su maestro Onetti al presidente de la República, Luis Batlle Berres, quien lo llevaría a trabajar como redactor del diario Acción, y después le conseguiría en la Intendencia Municipal de Montevideo el cargo de Director Extra/18, en la Dirección de Artes y Letras (División Bibliotecas). En esa repartición pública se desempeñó desde el 2 de abril de 1957 hasta el 4 de marzo de 1975, salvo los meses en que estuvo detenido por la dictadura. Ese día renunció para salir rumbo a España, de donde nunca más volverá. En Madrid se reencontrará con un Benedetti también exiliado, de quien llegó a ser casi vecino, ya que alcanzaron a vivir a poco menos de quince cuadras. Y aunque Onetti no salía de su apartamento, Benedetti llegó a visitarlo allí en más de una ocasión, sobre todo en los últimos años. Quizá no se frecuentaron demasiado en Montevideo, entre 1955 y 1974 (año en que Benedetti se vio obligado a salir del país) ni en la primera etapa del exilio (1974-1980), pero en ese lapso Benedetti escribió varios artículos sobre la narrativa onettiana, reconociéndola siempre como una de las mayores obras de esta América. Las notas -hasta el golpe del 73- aparecieron en publicaciones periódicas de Uruguay y de otros países latinoamericanos, y fueron recogidas en libro. El último episodio de esa relación literaria ocurrió en Madrid, en marzo de 1993, cuando Benedetti fue uno de los que presentó la última novela de su amigo: Cuando ya no importe.